Mi revolución: de lo normal a lo especial

Hace poco estuve sentada en una mesa con gente desconocida, y después de una corta ronda de small-talk, me tocó responder a la típica pregunta: ¿a qué me dedico?

Expliqué que trabajo como coach con emprendedores en el sector servicios, ayudándolos a definir una filosofía de servicio que les permita definir una línea de comunicación con sus clientes, a elegir a sus empleados y a posicionarse en el mercado como únicos. Las expresiones fueron una mezcla de ¿mmm? y ¡¡¡woow!!!

Para poner más en contexto, expliqué que estoy escribiendo un libro que defiende una actitud más humana, auténtica y transparente en el consumo. Un chico joven involucrado en la conversación acentuó su cara ¿mmm?, y de forma calmada y lógica, argumentó que no entendía qué había de malo en el consumo. Él mismo trabajaba como camarero en un restaurante y pensaba que era un negocio lucrativo porque, al fin y al cabo, todos comemos; que los restaurantes o cafés son sitios para ser vistos y que no entendía cuál era el problema. Su análisis, aparentemente obvio, repentinamente me irritó tanto que de forma acalorada y con apenas un Aperol Spritz empezado, me pronuncié contundentemente diciéndole (como si le quisiera abrir los ojos) que el consumo se ha convertido en un intercambio de dinero a cambio de productos; que la profesionalidad se ha reducido a cumplir tareas meramente funcionales; que nadie le da importancia al lenguaje no verbal; que los detalles no cuentan; que ordenar, ser servido y pagar se han convertido en los tres pasos del servicio. Después de esta participación, sobrevino un silencio y caras de reflexiones que tomé como un descanso porque estaba, verdaderamente, bastante alterada.

Obviamente, a nadie le afecta profundamente no ser tratado como un invitado especial cuando compra algo, y reconozco que destacar por sutilezas no es la regla de oro actual, pero comentarios como el que detonó mi explosión colérica me muestran (además de mi falta de tolerancia) que una gran mayoría no echa en falta nada más y que son muy pocos los que relacionan el consumo con el trato.

El trato está tan devaluado y despersonalizado que nos hemos acostumbrado a ser tratados como uno más, consumidores de paso, seres anónimos, pasivos y reemplazables; un comportamiento que en muchos casos nos reduce solo a ser oportunidades de enriquecimiento para otros.

 

“La calidad y autenticidad no se reconocen sin distinguir,

ni se distinguen sin conocer”.

 

Solo la gente que conoce por experiencia otro tipo de comunicación puede reconocer la diferencia entre un trato estándar y un trato especial, porque la calidad y autenticidad no se reconocen sin distinguir, ni se distinguen sin conocer. Las personas a quienes les encanta cocinar y lo hacen por pasión eligen sus recetas y compran de forma consciente sus ingredientes; además, cocinan y disfrutan con los cinco sentidos. Cuando se está acostumbrado a elegir calidad y no cantidad o apariencia, se reconoce a distancio lo que pretende ser pero no es, es decir, básicamente se reconoce el timo.

La calidad es un atributo inherente a cosas materiales. Lo equivalente a la calidad en el trato se llama buena disposición y es un atributo inmaterial, capaz de hacer pensar y sentir al otro, generando una experiencia y un estado.

Yo no entiendo la calidad disociada del trato, ni entiendo el trato como algo abstracto. Por el contrario, cada vez reconozco las diversas formas que adopta. Ver más allá de lo que se dice, tener la disposición de satisfacer, estar presente, prestar atención, relacionarse de forma auténtica es un lenguaje.

Alguien experto en la materia me dijo: “un buen chef no hace un buen restaurante”, y yo confirmo y agrego que un buen producto no hace un servicio bueno, si no está respaldado por un buen trato y atención de parte de todos los que dan la cara por el establecimiento.

¿Qué acciones has tomado para ofrecer un servicio especial?

¿Te interesaría ofrecer un servicio a medida?

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